El 15 de noviembre de 2011 se cumplirán 52 años desde el asesinato múltiple cometido en Holcomb, pequeño pueblo de Kansas, Estados Unidos que, al ser investigado y documentado por Truman Capote dio lugar al nacimiento de la denominada non-fiction novel o novela testimonial.
Recordar sus fuentes no es un homenaje frívolo: con seguridad Truman Capote buscó al escribirla, iluminar las “razones” (si es posible llamarlas de este modo) del hecho, las motivaciones de Perry Smith y Richard Hickock para asesinar a sangre fría a una familia viva representación del ideal americano.
En literatura, la violencia nos interesa porque es la otra cara, el negativo del arte en el cual la violencia resulta sublimada. Gracias a Freud la reconocemos en el origen de la humanidad. Nuestro inconsciente, no se cansó de decir el vienés, mata incluso por pequeñeces y la civilización nos aleja de estas fuerzas primitivas y nos enseña a superarlas en construcciones aceptadas. ¿Cómo abordó Capote los hechos que aún hoy, en estos días en los que el crimen está a la orden del día, no dejan de sorprendernos? Lo hizo como artista, pero también como detective y psicoanalista al dejar las pistas necesarias para desentrañar la lógica de una locura criminal.
Al comenzar su relato el autor describe con detalle la pequeña comunidad de Holcomb, revelándola viva y participativa, habitada por ciudadanos solidarios que han logrado un patrimonio común: el ejemplo más notorio lo es la escuela del pueblo. Y así, entre los hombres y mujeres contribuyentes con su esfuerzo a construir instituciones para gozo de sus habitantes, destaca notoriamente Herb Cuttler, ejemplo de austero paterfamilias cuyo trabajo por la comunidad fue base del respeto y la admiración de quienes lo conocieron así como punto de partida para hacerse de una importante hacienda prácticamente de la nada. Y si bien la mujer de este hombre está reducida a personaje secundario debido a una enfermedad nerviosa, sus cuatro hijos han destacado de una o de otra forma: las dos hijas mayores se encuentran casadas mientras los dos menores, Nancy y Kenyon, no solamente han logrado notoriedad por sus éxitos académicos sino por su activa participación en las actividades comunitarias. Nancy es líder en su clase, organizadora de la Liga Metodista, premiada anualmente en concursos, amiga excelente y compañera solidaria, miembro del Club del pueblo, así como mujer a cargo de la casa paterna debido a la minusvalía de su madre.
Una vez que en su carácter de personajes de una historia nos hemos involucrado emocionalmente con los integrantes de la familia, Capote inicia la pausada descripción de quienes de antemano identificamos como antagonistas: la descripción de Perry Smith nos lo acerca de forma inmediata: cualquiera de nosotros ha soñado alguna vez con una vida sin ataduras, llena de viajes y aventuras, al aire libre. El temperamento romántico de este personaje nos lo hace entrañable desde las primeras páginas y uno no puede sino preguntarse ¿en verdad estamos vislumbrando a un asesino?
Por el contrario a Richard Hickock se le retrata como personaje siniestro: la frase “sin testigos” no deja dudas. Él es quien ha planeado el asesinato y sondeado en su compañero de celda su idoneidad para acompañarle en la empresa. Conocemos el final: ambos entrarán al hogar y lo destruirán sin ningún motivo claro: a los ojos de la policía el robo figuró siempre como la última de las líneas de investigación.
Aunque la motivación conciente de Richard Hickock era un robo, tal hurto fue el último de sus deseos. Este hombre era inteligente, precavido y astuto (su caso, una vez sentenciado a la pena máxima, fue revisado en varias ocasiones pues supo argumentar muy bien). Pero dicha astucia no lo acompañó al planear el golpe, nunca estuvo seguro de la existencia de una caja fuerte. Nadie se lanza a realizar una acción así “de oídas”, a partir de la sola mención de un compañero de celda, sin asegurar su veracidad, lo cual desconcertó al agente encargado de la investigación: era sabido en todo Holcomb que Herb Clutter no guardaba dinero en su casa y tenía la costumbre de cubrir los gastos más superfluos mediante cheques. Cuando Hickock no encontró la caja fuerte ni mínimos indicios de su existencia, el motivo del robo había desaparecido, sin embargo persistió en su intento.
Fueron por tanto otros motivos los causantes del crimen ¿Qué deseaba éste hombre? Leamos las palabras recordadas por su cómplice, días después del crimen, cuando ambos se encontraban en la playa: “Y fue allí donde Dick vio a aquel hombre que tendría más o menos su misma edad, veintiocho o treinta. Podía ser un «jugador, un abogado o quizás un gángster de Chicago». Fuera lo que fuese tenía aire de conocer las glorias del dinero y el poder. Una rubia que se parecía a Marilyn Monroe, masajeándole, le untaba aceite solar y la perezosa mano del hombre provista del correspondiente anillo, se alargó hasta un vaso de naranja helada. Todo aquello le correspondía de derecho también a él, a Dick, pero él no lo tendría jamás. ¿Por qué aquel hijo de puta había de tenerlo todo y él nada? ¿Por qué había de tener toda la suerte aquel «puñetero de mierda» y él ninguna? Sólo con un cuchillo en la mano, él, Dick, tenía poder. A los puñeteros de mierda como aquél más les valdría cuidarse, porque él podía «abrirlos en canal para que soltaran un poco de aquella suerte». A Dick le habían estropeado el día. La espléndida rubia que le ponía aceite solar a aquel tipo, se lo había arruinado”.
Más allá de una carencia económica que con el tiempo Dick hubiera podido superar (su habilidad mecánica al decir de sus jefes, lo hubiera llevado con el tiempo a una posición ventajosa) se revela una carencia incolmable, verdadera razón de su odio: aquello escuchado por Dick Hickock a su compañero de celda no fue la grandeza económica de Herb Clutter, sino su reconocimiento social. En palabras de Floyd -el compañero de celda que le habló por ves primera de la familia Clutter-: “ …el señor Clutter…” “…Me trataba muy bien, como trataba a todos los que trabajaban para él. Por ejemplo, si andabas corto un poco antes del día de pago te soltaba siempre cinco o diez dólares. Pagaba buenos salarios, y si te lo merecías te daba una prima. De veras, de todas las personas que he conocido, me quedo con Clutter. Con toda la familia. La señora Clutter y los cuatro hijos. Cuando los conocí, los dos eran pequeños, los que han matado. Nancy y el chaval que llevaba gafas tendrían cinco o seis años. Las otras dos hijas, una se llamaba Beverly y la otra no recuerdo. Iban ya a bachillerato. Buena familia, buena de verdad”.
Este causante indirecto de la masacre opinaba como la casi totalidad de quienes conocían a la familia Clutter y la luz despedida por ésta última fue la verdadera razón del asesinato. Para vislumbrar tal idea es útil recordar el discurso surrealista en boga en Francia 30 años antes de este suceso.
En palabras de Bretón “El surrealismo se basa en la creencia de una realidad superior y en el libre ejercicio del pensamiento. Tiende a destruir definitivamente todos los restantes mecanismos psíquicos y a sustituirlos por los principales problemas de la vida”. “Automatismo psíquico puro, por cuyo medio se intenta expresar el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral”.
No por casualidad Bretón afirmó como el acto surrealista más simple el bajar a la calle empuñando un revolver y disparar al azar todo lo que se pueda, en dirección a la multitud: “¿Quién no ha sentido al menos una vez ganas de terminar de esta manera con el pequeño sistema de envilecimiento y cretinización en vigor en su lugar marcado en esa multitud, con el vientre a la altura del cañón?”
La razón se viene abajo. Un acto violento trae consigo el núcleo de la teoría de la relatividad: no existe una verdad sin equívocos y todo depende del lugar donde la razón se encuentre. Así, en 1930 los surrealistas dieron un paso más: “a sus ojos, el crimen individual e impulsivo pasaba a ser simbólicamente el único acto racional posible en un mundo víctima del crimen organizado: desempleo, guerras coloniales, explotación capitalista, dictaduras, violencia burguesa y democrática”.
En aquellos momentos Francia era un fantástico caldo de cultivo: la gente temía a la guerra, el capital temía al comunismo, este último debía temerse a sí mismo. En 1933 un asesinato sin igual sacudió a la intelectualidad francesa, pero más aún, a su burguesía: las hermanas Papin, dos sirvientas que habían trabajado con un comportamiento inmejorable durante años para la familia Lancelín, asesinaron a madre e hija sin premeditación al menos consciente, cuando la mayor se vio impedida de seguir “planchando” la ropa de sus amas a causa de un inoportuno corte de luz.
La policía encontró a las occisas hermanas, desnudas, y un reguero de sesos y entrañas por toda la casa... "Los cadáveres de la señora y la señorita Lancelin yacían en el suelo espantosamente mutilados; el cadáver de la señorita estaba boca abajo, con las faldas subidas y las bragas bajadas y tenía grandes heridas en los muslos; el cadáver de la señora yacía boca arriba, con los ojos arrancados, sin boca ni dientes. Las paredes estaban cubiertas de cuajarones de sangre. En el suelo había huesos, dientes arrancados, un ojo, horquillas, botones, un llavero y un paquete deshecho".
El ambiente intelectual se vio absorbido por el hecho: las hermanas Papin eran vistas por la izquierda – la participación de Sartre y Simone de Bouvoir fue muy activa - como las víctimas de una sobre-explotación enajenante que las privó de su razón. En ese drama Jean Genet basó una pieza de teatro Las Criadas.
El psicoanalista francés Jaques Lacan, en contracorriente a los surrealistas y comunistas, señaló que no fue por odio de clase, sino por amor homosexual a la imagen ideal de las hermanas muertas. Deseo contradictorio que merecía un castigo en el inmejorable blanco de los “otros yo” de las asesinas... Amor y Odio a la autoridad, a los padres, al amo... temas freudianos trabajados por Lacan a su estilo. ¿De dónde nacía el deseo de las asesinas por sus amas? ¿Cuál era la imagen ideal que tenían de sí mismas proyectada en las “otras”? ¿De qué carecían?
Ahondar en esta carencia fundamental importa porque podría ser el verdadero origen de estos homicidios. Cuando la policía, fiscales y jueces franceses intentaron conocer el motivo de los asesinatos de las hermanas Papin, no fueron capaces de encontrar uno solo. Cuando se le preguntó a una de ellas la razón de desnudar a sus víctimas, esta respondió enseguida: “Buscaba algo cuya posesión me hubiese hecho más fuerte”.
¿Cuál era el deseo de Perry Smith y Dick Hickock al planear estos crímenes sin robo? ¿Qué buscaban encontrar? ¿Cuál carencia deseaban representar? La materia para tal análisis la dejó escrita Truman Capote: la identificación con el héroe de cualquier tragedia, lo saben los dramaturgos, es posible gracias al retrato de esta carencia y Capote no se olvidó de incluirla en su novela. ¿Por qué razón nos sentimos tan identificados con Perry Smith? A diferencia de Dick Hickock, si nos vemos tentados a hermanarnos con este hombre con sangre india e irlandesa en su sueño de presentarse delante de un público y ser aplaudido una vez concluida su presentación de hombre orquesta, es porque su historia nos conmueve: mal querido por su madre luego de su intento de escapar para buscar a su padre, habiendo recibido terribles maltratos de unas monjas torturadoras, en búsqueda permanente de sí mismo, Perry imaginaba que de este mundo de gente sin alma un Dios en forma de una gran ave amarilla vendría a salvarle.
Al tratar de entender a Perry Smith no puede pensarse sino en la muerte: esa inexistencia irrepresentable que comanda como un hoyo negro la totalidad de nuestras vidas y nos impele ahora a movernos, ahora a tratar de ser felices, ahora a inmovilizarnos, o bien a dirigirnos a esa nada obscura como animales ciegos del alma en busca de una playa en la cual encallar. Para enfrentar la muerte, para hacerla parte de nosotros y nos mueva a la vida y no a la destrucción, es necesario ante todo una infancia feliz.
Bataille teorizó sobre la parte maldita de toda sociedad acuñando el término heterología: la ciencia de lo irrecuperable, lo improductivo, los desechos mórbidos. La existencia “otra” expulsada de todas las normas, la locura.
Podríamos ver a Perry Smith y también a Hickock, si bien su caso es mucho menos transparente, como representantes de esta parte irracional de una sociedad que los produjo al dejarlos solos. La criminología ha encontrado hechos parecidos a los vividos por Smith en la mayor parte de los asesinos seriales: abuso repetido por parte de los adultos durante gran parte de la infancia. Al estudiar personalidades antisociales ha encontrado constantes entre las cuales se acomoda su justificación: ellos se perciben a sí mismos como víctimas furiosas y creen en su padecimiento como justificación para hacer padecer a otros.
Aunque no puede perdonarse el asesinato de la familia retratada por Capote ni el de ningún ser humano, a 51 años de cometidos estos crímenes es justo preguntarnos si nuestras sociedades han hecho algo por disminuir la incidencia de los factores que llevan a un individuo al sufrimiento radical que sólo puede representarse cometiendo un crimen. El arte y la literatura deben estar especialmente comprometidas con esa tarea pues, finalmente, en la sublimación de la violencia ellas tienen su origen.
Este ensayo fue leído en el encuentro literario Lunas de Octubre 2009
También fue publicado en la Revista Digital Justa

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